lunes, 15 de junio de 2015

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José María era un hombre descomunal, de 1.90 metros de altura y 200 libras de peso. Trigueño y cabello lacio corto. Era hijo natural de un rico hacendado. Sus 38 años de vida había sido una constante lucha contra el “padre desnaturalizado” como solía llamarlo, como una forma irónica de responder al calificativo que éste le aplicaba cada vez que le reclamaba algún derecho familiar.

Como todo gamonal, su padre era respetado en el pueblo y la región, en donde de alguna manera, todo mundo estaba sujeto a él por compradazgo, por trabajo o por favores. Los tentáculos del gamonal tocaban a todos y a todo. Don Esteban Tablut era el último exponente de la familia “unicornio” como así era llamada por los campesinos de la región, ya que, por alguna jugarreta de natura, los Tablut sólo tenían un solo retoño y siempre varón.
Ya rayaba por los 60 años, pero aún se veía que fue un joven atlético y alto. Era muy temperamental y nadie estaba seguro de cómo reaccionaría. Los mayores aseguraban que era una copia exacta de su padre.

José María, por ser hijo de quien era, por las circunstancias como vino al mundo y la forma como había llevado su vida, gozaba del respeto y cariño de todos. No discutía con nadie y nadie se atrevía hacerlo desde la primera vez que lo vieron violento. Fue en una partida de dominó que perdió y el ganador se burló de él. Ese día la emprendió, no con el tipo, sino con los horcones del rancho donde jugaban, los cuales astilló a punta de puñetazos.

En otra ocasión en que caminaba borracho hacia su casa, tropezó con una piedra que le partió en dos la uña del dedo grande del pie, fue tanto el dolor y la ira que a puños y patadas tiró abajo el tanque elevado del rústico acueducto. Eso le costo 8 días de arresto y una multa que solo hicieron efectiva 48 horas después cuando ya le había pasado el guayabo y el dolor.

Con tan descomunal tamaño nadie le ganó nunca en un trabajo físico, sólo se lamentaba de no haber aprendido a jugar bien al dominó, donde casi siempre le daban por la cabeza. Por lo demás era un tipo apacible, dedicado a su pasatiempo favorito: capturar monte adentro, aves cantoras que después liberaba en la plaza del pueblo en un ritual que pocas personas habían podido interpretar.

José María tenía un rancho bastante grande que había heredado de sus abuelos maternos, quienes lo habían criado desde su nacimiento, ya que su madre falleció después del parto debido a su talla y una tardía asistencia médica. Sus abuelos también habían fallecido en una epidemia de dengue cuando él tenía 20 años; desde entonces dirigía el destino del rancho. Lo trabajaba con dos peones y una chica se encargaba de la casa y de la comida, pero él vivía solo.

Todas las tardes antes de comer se sentaba frente al retrato de su madre, una pintura al óleo de 120 por 80 cm. y donde ella aparecía de medio cuerpo hasta un poco más abajo del talle. En esos momentos de contemplación, por su mente pasaba la misma historia. En algunas ocasiones en que no lograba concentrarse se dedicaba a escudriñarle el rostro, el cabello, el cuello, los hombros. Todo, absolutamente todo lo tenía grabado en su mente. A esa hora de poca luz, jugaba a mirarla fija y profundamente, luego cerraba sus ojos, giraba la cabeza hacía una pared, los abría y la hacía aparecer por una fracción de segundo y con movimientos que su mente le imprimía. Desde niño contemplaba esa foto y desde entonces escuchaba sobre la incomparable belleza de su madre.

Cristi, diminutivo de Cristina y como todos la llamaban, tenía un cuerpo escultural; de estatura normal, trigueña, cabello abundante que caía en negros y brillantes gajos hasta los hombros, cejas delgadas y bien delineadas, ojos negros y vivaces que mostraban alegría permanente en su delgado rostro, nariz fileña un poco inclinada con fosas ligeramente sopladas como indicando momentos de excitación. Labios delgados y sensuales.

Estudió en la escuelita del pueblo, iba a misa a la misma iglesia y frecuentaba los mismos lugares donde iban los demás jóvenes. Por eso muchos no se dieron cuenta del extraordinario y sensual cambio de su cuerpo. Aquellos que lo notaron, se encontraron amarrados por el cariño y jovialidad que ella brindaba a todos. Sólo uno se saltó la barrera de la amistad y fue así como ella escuchó los primeros y únicos galanteos de su vida.
Cuando los demás se dieron cuenta, mascullaban en silencio su indecisión y se llenaban de rabia contra Esteban, porque sabían que esos amores no llegarían a feliz término, sino que desgraciarían a Cristi.

Esteban era el vivo retrato de su padre, don Juan, cuya vida disipada y andariega había reprobado Mr Tablut, quien con preocupación veía cómo su único hijo acababa, no solo con el buen nombre de la familia, sino que desatendía el negocio por andar de francachela en francachela.
Mr Tablut murió y su hijo, don Juan, tuvo que enfrentar el ocaso del negocio de su padre. Las canteras se habían agotado y la explotación ya no era rentable, por lo que compró tierras en otros lugares y se dedicó a la agricultura y ganadería.

Don Juan era un tipo soberbio y ambicioso y fueron muchas las tretas que utilizó para despojar a varios campesinos de sus pequeñas parcelas. Sin embargo, lo que más sembró el descontento y animadversión del pueblo hacia él, fue la costumbre de engañar a las niñas casaderas y después negarse a responder por ello, siempre aduciendo que no había hecho nada porque ninguna quedaba embarazada, pero si todas desvirgadas.

Los padres de Cristi disfrutaban de cierta comodidad, por lo que la niña nunca careció de nada, salvo que no había vivido las comodidades y fantasías que brinda el dinero en las ciudades. De ahí que cayera sumisa ante los alardes, más bien que galanteos, de su gran amor.
En un paseo en casa de los Tablut se entregó a él pensando que muy pronto completaría su dicha dando el sí frente al altar. Como digno retoño de su padre, el joven Esteban se negó pensando que también iniciaría así su carrera de desvirgar sin embarazar. El pueblo murmuraba y todos imaginaban la profunda depresión en que caería Cristi ante su fracaso, pero no, todos se equivocaron. Ella asimiló el golpe que, aunque fue bajo, le partió el corazón. Habló con sus padres y les pidió comprensión, solicitándoles además, no intervenir ni hacer nada, que ella enfrentaría su desgracia hasta el final.

El joven Esteban había viajado a la ciudad a continuar sus estudios y una tarde en que manejaba una moto que su padre le regaló, tal vez como premio a su primera victoria carnal, se accidentó y lesionó severamente los testículos. Profundamente deprimido se regresó a su pueblo pensando que el accidente más la desgracia de su familia, acabarían con su estirpe, siendo él “el último Mohicano”, como la novela de James f. Cooper.

Recuperado de su accidente testicular empezó a mostrarse en el pueblo y a solicitar información sobre Cristi. Enterada ésta de sus indagaciones montó en cólera y en una actitud belicosa que jamás se hubiera imaginado alguien, increpó al joven y le prohibió que nunca jamás pronunciara su nombre ni volviera a mirarla a los ojos, porque entonces perdería el resto que salvó en el accidente. El joven Esteban no escuchó la última parte del insulto porque hubiera explotado en su orgullo. Y no lo escuchó porque su mente estaba obnubilada por lo que estaba viendo. El abdomen de seis meses de embarazo de Cristi lo dejaron atónito, tanto que no se dio cuenta que ya Cristi se había ido. Recuperado de su momentánea conmoción se dirigió a un grupo de amigos que habían presenciado la escena y les comentó que no entendía la actitud de Cristi si a lo mejor ese hijo no era suyo.

Mr Tablut fue un extranjero que llegó con su linda esposa, oriunda de la ciudad, a esa región y compró algunas hectáreas de tierra que fue ampliando de los terrenos baldíos aledaños a medida que el trabajo se lo exigía. En el primer recorrido de sus tierras comprobó que la agricultura que pretendía desarrollar no era muy promisoria, pero que esa tierra almacenaba enormes riquezas con la explotación cementera. Hizo los contactos, trajo las maquinarias, contrató en la ciudad mano de obra con familia y todo y así fundó el pueblo de Villa Roca, llamado así porque encontrar una roca gigante era tan común como encontrar un matorral.

El pueblo evolucionó rápidamente y sus moradores empezaron a comprar pequeños lotes donde levantaban sus casas y sembraban árboles frutales. Todo gracias a los buenos salarios que pagaba “Mr Tablú” como familiarmente llamaban al extranjero, no solo por la dificultad de pronunciar la T final sino porque era un hombre muy alto y fornido y también muy justo en reconocer el duro trabajo de los “picapiedras” como le decían a los trabajadores de las canteras.

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Fueron varias décadas de prosperidad pero las canteras se agotaron y la explotación cementera ya no era rentable, así que muchos se dedicaron a cultivar sus parcelas y otros a trabajar en las haciendas vecinas. 
Empezaron tiempos difíciles para Villa Roca y esas dificultades acrecentaban la ambición de don Esteban que acaparaba todo. Era mejor recibir préstamos de él aunque fueran con intereses onerosos, que ir a la ciudad y hacer papeleos interminables y que como siempre, don Esteban tenía la última palabra porque él era la referencia indicada o el garante, palabra que no iría en contra de sus intereses.

Para José María todas esas situaciones no eran más que injusticias y abusos del poder económico de don Esteban que se amparaba en un grupo de guardaespaldas traídos de la ciudad. Desde su accidente testicular había desarrollado cierto resentimiento contra los varones del pueblo y lo quería disimular con su desmedido egoísmo y ambición. Eso no había pasado desapercibido por el pueblo.

Muchas de estas personas se habían quejado con José María esperanzadas en que éste, por la amistad y aprecio que se tenían, podría hablar con su padre para que suavizara un poco la situación. Eso lo incomodó un poco porque desde niño aprendió a estar alejado de ese señor y que, además, él mismo varias veces había sufrido esos abusos. En muchas ocasiones tuvo enfrentamientos con su padre y siempre salió resentido con él por llamarlo hijo natural. Más sin embargo, aceptó hacer la diligencia, dada la agobiante situación que vivía el pueblo.

Así que se dirigió a casa de don Esteban, tocó la puerta y lo atendió una encantadora joven cuya hermosura lo turbó un poco. La señora impresionada con tan imponente figura arrastraba las palabras: “Le avisaré... a mi marido”. Maruja era la tercera mujer de don Esteban. Todas eran de la ciudad. El padre salió e increpó al hijo.
-Qué te trae por aquí, nunca lo habías hecho.
-Lo sé, pero la situación lo exige.
-Di de una vez pues, de qué se trata.
-Vengo a pedirle que cese ya sus abusos y arbitrariedades contra el pueblo que ya no soporta sus ignominias.
-Y quien carajo eres tú para venirme con esas exigencias, bastardo des...

Don Esteban no terminó la frase porque el hijo lo levantó por el cuello; su rostro estaba pálido y respiraba con dificultad. A pesar de su estatura, sus pies se balanceaban medio metro sobre el piso. La expresión de Maruja no se sabía si era de estupor o de admiración. El joven lo soltó. Don Esteban, inclinado hacia adelante tosió varias veces, una mano en la garganta y la otra indicando que todo estaba bien. José María dio media vuelta y se marchó.

Don Esteban entró a su casa, su rostro estaba otra vez pálido, pero ahora de la ira que lo embargaba. Nunca nadie había osado ponerle una mano encima. Pero su ira se fue disipando y una leve sonrisa de ganador empezó asomarse en su rostro. Recordaba cómo contemplaba desde arriba esa masa de músculos. Reencarnación viva de su abuelo.
-Sí, ese es un Tablut- Pensaba.
Pero otra vez puso los pies en el suelo y pensó que no podía permitir lo sucedido o su autoridad sería socavada. Algún correctivo tenía que aplicar.

Esa tarde José María, después de contemplar el retrato de su madre, comió y se quedó acostado en la hamaca del kiosco que tenía en el patio, absorto en sus pensamientos. Sabía que Don Esteban no pasaría por alto su insolencia ni echaría en saco roto la advertencia que le lanzó en cara mientras lo tenía suspendido. : “algún día le voy a cobrar todas sus iniquidades”. Ahora comprendía que fue muy lejos con su amenaza, ya que no tenía manera de enfrentar el poder de ese señor. Sólo contaba con su fuerza física y la amistad y aprecio incondicional de la gente del pueblo. En fin, ya encontraría la forma de enfrentar las tretas de don Esteban.

Ya eran las nueve de la noche y para disipar sus pensamientos se dedicó a observar los relámpagos. Amenazaba lluvia. En ese momento observó que una bola de fuego surcaba el cielo en dirección a su propiedad, dejando todo iluminado como si fuera mediodía. Un zumbido acompañaba al fenómeno sideral. Fueron fracciones de segundos, luego se escuchó el sonido opacado del impacto y sintió un ligero movimiento de su hamaca.

Recuperado del susto comprendió que se trataba de un meteorito; enseguida buscó papel y lápiz y se puso hacer cálculos antes de que olvidara los tiempos que había establecido mentalmente. Recordó que cuando niño se divertía con su abuelo durante las tempestades, calculando la distancia a que caían las centellas. Así supo que el visitante del espacio había caído en su propiedad o muy cerca de ahí.

Al día siguiente el fenómeno fue la comidilla del pueblo donde sólo apreciaron la intensa luz y el ruido del impacto de lo que fue, pues ya todos estaban recogidos por la amenaza de lluvia. Pero los profesores de la escuela explicaron a sus alumnos, y estos a sus padres, que el fenómeno era normal y no había de qué preocuparse, que esas piedras caían y se enterraban.

José Maria salió madrugado, apenas si aceptó un tinto, no quiso esperar el desayuno. Dispuso los trabajos del día, tomó dos trampas de pájaros, su termo de agua, su escopeta, llamó a su perro preferido y se fue a caballo. Llevaba una idea fija en su cabeza: encontraría ese meteorito.

Don Esteban también madrugó, pero se quedó un buen rato bajo sus cobijas. Desde niño había escuchado que la presencia de un meteorito siempre anunciaba una desgracia y algo así no debía ocurrir en el pueblo porque afectaría sus intereses. Por otro lado, pensaba que la insolencia de José María ameritaba un escarmiento; pasar ese incidente por alto ponía en peligro su autoridad y poder. Sin embargo, había algo que lo incomodaba y que lo había mantenido tanto tiempo dando vueltas sobre la cama. Él era su hijo, aunque eso nunca le había importado. Ahora comprendía algo que nunca antes analizó: él era respetado en el pueblo pero José María se había ganado ese respeto. Así que para no tentar el destino debía ser cuidadoso y eso lo conseguiría, como lo prometió, pagando una mesada extra a los diez empleados enmascarados que había enviado a darle una paliza a su hijo.

Después de tomar un sorbo de agua José María miró su reloj: las 11:30. El sol casi alanzaba su cenit, por lo que decidió guarecerse bajo un árbol. Hacía cinco horas y media que exploraba palmo a palmo el terreno y no encontraba ningún indicio del meteorito, sin embargo, no dudaba de sus cálculos. Conocía a la perfección esos terrenos, sabía dónde estaba cada árbol y la posición de cada roca.
Esas piedras gigantes eran muy comunes en la zona y su color blancuzco hacía ver más agreste la región.

Las conocía a todas, pero había dos en especial que eran de su predilección: “Los Compadres”. Dos enormes rocas redondas como de dos metros de diámetros cada una y separadas como un metro una de la otra. Eran negras y brillantes. Todo el pueblo las conocía porque era costumbre visitarlas en Semana Santa. Decían que fueron dos compadres que se pelearon un viernes Santos y se convirtieron en piedras.

La búsqueda había sido infructuosa y ya casi llegaba donde Los Compadres que estaban a unos 500 metros del límite de su propiedad. 500 metros más allá de éstos y en la propiedad de su padre, había una pequeña loma en forma de una concha acústica de cuyas entrañas él siempre pensó que habían salido Los Compadres.

Tan pronto llegó, su asombro fue mayúsculo al observar que las dos piedras parecían una naranja partida por la mitad y separadas unos cinco metros. Desde su enorme caballo, tan alto como él, miró por los alrededores tratando de encontrar las otras dos mitades de los Compadres y lo único que vio fue un reguero de arena negra. También observó que las enormes piedras ya no brillaban, parecían carbón y que desde éstas hasta la loma había un surco de uno y medio metro de ancho por unos 80 centímetros de profundidad, como si hubiera pasado por ahí un gigantesco azadón.

Decidió seguir el surco, ya estaba seguro que sus cálculos no estaban errados. Llegó al final y vio que el surco desaparecía al pie de la loma, sin embargo, sobre el surco había mucha tierra removida y se veía que había caído de la falda. Se sentó en el borde del surco y trató de explicarse lo ocurrido. Sí, eso fue. El meteorito impactó contra Los Compadres, luego rodó como una bola de boliche abriendo el surco y se incrustó en la falda de la loma. Por eso la noche anterior escuchó el impacto como un sonido sordo y
amortiguado.

De regreso a casa su cabeza era un remolino de ideas y con frecuencia la sacudía tratando de ubicar sola una pero no lo conseguía. Tan pronto llegó, la muchacha lo esperaba con un vaso de refresco y la invitación a la mesa que ya estaba servida. La chica, que se quedó cerca a la espera de alguna orden del patrón, aprovechó para ponerlo al tanto de lo ocurrido durante el día.

-Patrón, todas las tareas se hicieron como usted lo dispuso. No hubo ninguna novedad, sólo que a mí me pareció ver esta mañana después que usted salió, a dos hombres merodeando por aquí. Se lo dije a los muchachos y ellos salieron a revisar pero no vieron nada. Por otro lado patrón, lo veo muy decaído, será porque no cogió ningún pájaro, pero no se preocupe que la próxima vez le ira mejor. Hasta mañana, señor.
-Hasta mañana niña y gracias.

Don Esteban se sentía cansado pero no podía conciliar el sueño, se sentó en el borde de la cama y explotó:
¡Maldita sea carajo, tanto joder todo el día para nada!
Su mujer, que lo notó muy inquieto, lo escuchó pero ya había aprendido a no abrir la boca en esos momentos. Había salido temprano para la plaza, desayunó allí y fue el primer cliente en la peluquería que desde aquellos tiempos de la bonanza no recibía uno tan temprano. Debió esperar a que barrieran los cabellos de los cortes del día anterior. No quiso leer el periódico que le ofrecieron. Lo incomodó lo parco que estaba el peluquero que sólo contestaba lacónicamente a las preguntas que le hacía. Después que lo peluquearon leyó el periódico. Cuando lo terminó decidió que lo afeitaran también. Notó que pocas personas lo saludaban. Hacía sólo unos años que había suspendido sus francachelas en la plaza y ya lo habían olvidado.
Llegó a una tienda y compró algunas cosas de tocador y de cocina. Entró al billar que aún estaba solo y jugó dos chicos con el coimen, se tomó una soda y salió. Eran ya las once de la mañana y era mejor estar en casa.

Cuando llegó, ya sus empleados estaban ahí, muy preocupados porque tenían cuatro horas esperándolo y no sabían si era prudente ir en su búsqueda. Le contaron sobre la furtiva e infructuosa salida, pero que habían sido muy cuidadosos. Se acordó hacerlo esa misma noche.

3
Esa tarde por primera vez invirtió el ritual del retrato. Ahí estaba frente a la pintura pero ya había comido, la contempló un momento y decidió que era mejor hacer su diligencia. Aseguró sus puertas y revisó los peroles para la comida de los perros y así asegurarse de que habían comido y de que estaban en sus puestos donde él les había enseñado a permanecer durante las noches.

En el trayecto de su casa a la plaza pensaba que lo que le contó la muchacha no parecía tener sentido, ya que en Villa Roca jamás habían robado a nadie, por lo menos no desde aquella época en que don Juan se robaba las tierras rodando sus cercas. Al llegar al billar todos lo saludaron y el coimen, además de estrecharle la mano, le comentó que el viejo Don Esteban había estado esa mañana ahí. No dijo nada. Tomó una silla, pidió cinco cervezas y se fue a una esquina del salón a donde llamó a cuatro de sus más allegados amigos. Los demás siguieron en sus distracciones pensando que esos compañeros tendrían trabajo esos días.
Una vez reunidos, José María les explicó que estaba interesado en un regadío para mejorar las cosechas. Que para ese trabajo necesitarían llevar sus viejas herramientas de picapiedras. Se verían en su rancho a las 6 a.m.

Concertado lo anterior, terminó su cerveza y salió. Eran las 9 de la noche. A una cuadra de ahí se detuvo y tocó en la puerta de al lado del salón de belleza de Matilda. Ella le abrió y le invitó a pasar.
Matilda había llegado al pueblo cuando ya este se encaminaba a su apogeo. Su marido fue el primero y único muerto en un accidente en las canteras. Desde entonces abrió un salón de belleza del cual vivía. Nunca más buscó marido a pesar de tener un hermoso cuerpo, aunque su cara no le ayudaba mucho, pues estaba muy marcada por sus espinillas de la juventud o de una viruela. 

Conoció a José María, y más que un noviazgo, fue una hermosa amistad la que nació entre ellos. Él la visitaba con alguna frecuencia y pasaba la noche con ella. Últimamente ya no hacían el amor, sólo charlaban hasta altas horas de la madrugada. Eso se debía a que ella empezó a sufrir de los riñones y estaba muy delgada. En el pueblo se murmuraba que era por tirarse
encima a la mole de José María.

Esa noche él comentó a Matilda que se sentía muy contento y que estaba seguro que muy pronto su pueblo volvería a tener satisfacciones y hacerse famoso. Ella sonrió y preguntó si había descubierto alguna mina. El también sonrió y dijo:
- Algo así, y aunque ya tienes el resto de tu vida asegurada conmigo, quiero que participes de esto.
- Entonces será en la otra vida, porque yo estoy ya de mediodía pa`bajo y tú eres un roble muy bien abonado- Ella rió y enseguida cortó lo que él pretendía decir- Tranquilo mi amor, lo importante es que tú y el pueblo sean felices.

Don Esteban no acostumbraba levantarse tan temprano y ya el día anterior lo había hecho. Apenas eran las 6 a.m. Aún en bata, se dirigió al comedor auxiliar donde solía reunirse con sus empleados. Alzó sus brazos e inicio un largo bostezo que no pudo terminar.
- ¿Bueno, pero qué carajo sucedió con ustedes, acaso se dejaron sorprender?
Sus empleados eran atendidos por las muchachas del servicio doméstico, quienes con mercholate, alcohol antiséptico, gasas y curitas atendían las heridas en brazos y piernas de seis empleados.
El rostro enrojecido de don Esteban hizo que los heridos olvidaran su dolor. La ira lo estaba ahogando.

Llamó al capataz que asustado lo siguió hasta la sala. No lo gritó. En voz baja pero con rabia le preguntó qué había pasado. El capataz le refirió que uno de ellos se acercó a la casa de José María y no vio a nadie, por lo que se apostaron en las cercanías. Las horas pasaban y el tipo no aparecía y pensaron que estaría tomando en la plaza. Decidieron esperar porque así sería más fácil. A las 4 a.m. dos de ellos fueron a constatar que el tipo no estuviera durmiendo. Uno de ellos fue atacado por un perro y ante los gritos, todos acudimos y también dos perros más y se entablo la pelea con los malditos perros a punta de palos y machete. Eso fue todo.
-¿Él estaba ahí o no?
-No, nadie salió.
-¿Comentaron algo cuando llegaron?
-Nada patrón, a las muchachas les dijimos que nos había atacado una manada de coyotes rabiosos.
-Coyotes rabiosos ¡maldita sea! ¡Cuándo carajo se ha visto un coyote por aquí que no sea en las películas que les traigo!
-Perdone patrón.
-Está bien, Esto se ha puesto difícil y complicado. Usted me soluciona eso hoy mismo o lo hago responsable.
-Confíe en mí patrón.

Matilda no permitió que su amor se fuera sin desayunar puesto que trabajaría todo el día. Así que cuando José María llegó a su casa sus cuatro amigos lo esperaban cerca de ella. Le dijeron que algo sucedía porque los perros estaban inquietos. Lanzó un silbido agudo y dos canes le salieron al encuentro. Se dirigieron al puesto del tercero y lo encontraron echado y gimiendo, se agachó a revisarlo y notó la herida de machete en la pata trasera «¡Los merodeadores!» Pensó enseguida. Un vistazo a su alrededor fue suficiente para comprobar que los intrusos no salieron bien librados, pues había gotas de sangre y tiras de telas por varias partes. Sus empleados ya habían llegado y como siempre dio las órdenes del día, recomendando además, curar bien al perro y estar muy atentos. Les entregó una escopeta, recogió sus cosas y se marchó con sus amigos. 

Al inicio del trayecto explicó ligeramente a sus amigos sobre el incidente en su casa. El resto del camino lo marcharon en silencio sin que nadie se atreviera a preguntarle cuál o dónde sería el trabajo. Él caminaba al frente preguntándose mentalmente una y otra vez cuáles serían las intenciones reales de don Esteban y de qué manera explicaría su proyecto a los amigos. Eran las 8 de la mañana y había llegado el momento de hacerlo pues estaban justo al frente de los medios Compadres. Iba hacerlo pero se dio cuenta que sus amigos estaban perplejos viendo las tapas de naranja. 

Nadie preguntó nada, nadie tocó nada. Por indicación de él continuaron hasta la loma, ahí se sentaron y les explicó detalladamente lo que sucedió con el meteorito, satisfaciendo la curiosidad de sus amigos por lo que veían. Ahora aclararía la segunda parte.
- Muy bien, muchachos, les voy a aclarar mi propósito al respecto. La caída de este meteorito ha debido detectarla los organismos meteorológicos del país y del mundo. Estoy seguro que pronto vendrán a nuestro pueblo indagando por él y mi propósito es que cuando lleguen lo encuentren sobre un pedestal en el centro de la plaza haciendo honor al nombre del pueblo. Eso dará a conocer y hará famoso a Villa Roca. Algo especial debe tener para los científicos del mundo tantas rocas que se dan aquí silvestres como la verdolaga.
Indudablemente que esto traerá beneficio a todos. Pero hay un inconveniente, está en territorio de don Esteban y ustedes saben lo que eso significa. Entonces hay que sacarlo de allí y llevarlo hasta mis predios y además, borrar toda evidencia de su recorrido hasta la loma. 

Si acaso no alcanzan a comprender la importancia del asunto, no se preocupen, que yo les pagaré justamente la jornada de trabajo. ¿Qué dicen, están conmigo?
Todos consintieron, incluso dos de ellos que no habían mostrado mayor entusiasmo y que cambiaron de parecer con lo último que dijo. Aclarada la situación y provistos de picos y palas se pusieron manos a la obra cavando en la falda de la loma y en la dirección del surco.

Los enmascarados de don Esteban llegaron sigilosamente y con la firme decisión de llevar a cabo la orden del patrón. Prevenidos como estaban, iban provistos de muy sazonados trozos de carne que lanzaron desde lejos. Dos perros fueron envenenados, el tercero por estar herido no comió el trozo de carne pero si detectó la presencia de los furtivos y alertó a los dos peones con sus ladridos. Uno de ellos salió machete en mano y se topó con los enmascarados, descargando un machetazo en el primero que se le vino encima y cuyo húmero quedó descubierto desde el hombro hasta el codo derecho. Los otros cayeron encima del peón y uno levantó un machete cuando sonó un cañonazo. El machete voló por los aires junto con cinco metacarpianos.
El de la escopeta se agachó, reviso a su compañero, cargó el arma y disparó otra vez pero al aire, ya que los enmascarados se atropellaban en veloz carrera. El joven peón tenía el rostro un poco magullado por los golpes que le propinaron. Fue atendido por la muchacha mientras el otro ensillaba el caballo para ir a dar parte al patrón. Eran las 3 de la tarde.

La labor fue ardua y sudaban copiosamente. No tenían experiencia como mineros y hacía tiempo que no trabajaban como pica piedras. Estaban cansados y aunque la tierra estaba floja sólo habían abierto un túnel de tres metros de profundidad por dos de boca. Por el semblante estaban a punto de abandonar, sobretodo por el comentario de uno de ellos diciendo que si no era mejor buscar el meteorito del otro lado de la loma.

José María propuso cavar media hora más por ese día. Desanimados aceptaron continuar. Uno de ellos lanzo el pico para desgajar más tierra pero este rebotó y casi golpea al compañero. El sonido del golpe alborozó a todos como si hubieran roto el cofre de un gran tesoro enterrado. Casi con desenfreno las palas desgajaban la tierra alrededor del punto negro brillante que asomaba donde había rebotado el pico.

Poco a poco fue asomando una mole de un metro de diámetro aproximadamente. No parecía piedra sino un pesado balón forrado de una especie de alquitrán. Rápidamente lo empujaron y por el surco lo arrastraron hasta cerca de Los Compadres. Estaban totalmente exhaustos pero ya habían realizado el primer paso. El segundo era borrar la evidencia, pero eso bien podía esperar hasta el día siguiente. Alguien observó que a lo lejos cabalgaba un jinete hacia ellos. El peón llegó y José María preguntó qué había ocurrido. El peón con voz entrecortada, más por el nerviosismo que por el cansancio, respondió:
- Patrón... un grupo de enmascarados... trataron de asaltar el rancho... pero no pudieron.

Después de tomar un poco de agua pudo explicar con más detalles lo sucedido. Todos estaban atentos y en silencio. De pronto José María levantó ambos brazos y caminó hacia un medio Compadre y al mismo tiempo que gritaba ¡Maldito, maldito, lo aplastaré! Descargó los dos puños sobre la media piedra que se cuarteó y desmoronó en mil pedazos. Siguió girando hacia la otra media piedra mientras gritaba ¡te mataré, sí, maldito, te despedazaré! Y prácticamente pulverizó el otro medio Compadre.

Don Esteban después de almorzar se sentó en una mecedora y ya tenía un buen rato de estar mirando lejos sin pensar en nada cuando vio entrar a sus empleados. La forma como caminaban en grupos y abrazados le indicó que otra vez habían fracasado y que ellos eran los que se habían llevado la paliza.
Con impaciencia medio escuchaba al capataz que le relataba lo sucedido. Su ira fue tal que lo empujó y éste cayó de espalda, su arma se disparó y el tiro dio en el tanque de combustible de la motobomba que se regó e incendió todo a su alrededor. Los empleados salieron despavoridos y Don Esteban, temiendo que el fuego se extendiera hasta los aposentos principales, entró a su casa arrastrando a su mujer que agarrada de su brazo quería impedirle que lo hiciera.

Don Esteban, además de codicia, hacia gala de una desconfianza única. La mayor parte de su efectivo y joyas los guardaba en su casa y una mínima parte en el banco, para tener alguna referencia comercial disponible. Estaba muy afanado guardando en bolsas y fundas todo su poder que no escuchaba los gritos de sus empleados advirtiéndole del peligro. El combustible incendiado alcanzó los cilindros del gas natural para la cocina. Aún le faltaban muchos fajos de billetes.

José María y sus amigos llegaron en ese momento y él indagó por don Esteban. Al saber que estaba adentro intentó entrar pero una onda explosiva lo detuvo en seco. Los cilindros de gas explotaron y la casa en pedazos se vino abajo, sepultando el sueño de “Mr Tablú”, el poder de don Juan y de don Esteban.

4
El traslado del meteorito hasta el centro de la plaza de Villa Roca fue fácil y hasta festivo. Sobraban los colaboradores ya que, muerto don Esteban, no había ningún peligro de apropiación por parte de alguien. El meteorito llegó a la plaza tan intacto como lo sacaron de las entrañas de la loma. El pedestal en concreto en el centro de la plaza ya estaba listo y con una placa que decía “A los puños de José María” Así lo decidió el pueblo una vez enterados de la forma como aterrizó el meteorito, de cómo lo encontró José María, de su intención desinteresada y de cómo había vaporizado a los Compadres. Él aceptó el honor. No pecaba de inmodesto pues el meteorito lo sacaron de donde él siempre supo que habían salido Los Compadres.

Todos colaboraron y poco a poco fueron quitando la capa de tres pulgadas que cubría al meteorito. A medida que lo limpiaban, lo lavaban y lo pulían, el estupor se apoderaba de todos. Alguien dijo que parecía un bombón pero sin palito. La mayor parte parecía grafito duro y brillante, atravesado por vetas de plata y oro.
La noticia se regó y el pueblo se aglomeró en la plaza. Con todo el cuidado con que se sube un recién operado al carro, fue subido el meteorito en su monumento. Villa roca era ahora un pueblo rico, muy rico.

José María, acostado en su hamaca, pensaba en los últimos acontecimientos de su vida y del pueblo. No entendía cómo personas como su padre y su abuelo jamás tenían una acción altruista y por el contrario, en cada acto mostraban su egoísmo y ambición. ¿Acaso esos sentimientos eran tan fuertes que no les dejaban ver lo que sembraban en el corazón de los demás? Tampoco entendía cómo la naturaleza podía cambiar tan drásticamente los patrones hereditarios. Los abuelos del pueblo hablaban cosas diferentes de “Mr Tablú”, cuya filantropía y generosidad solo despertaba el cariño y respeto de su pueblo.
Sus elucubraciones fueron interrumpidas por los gritos de un chico que le llamaba.
-¡José María, José María!
-Que pasa muchacho, serénate y dime que pasó.
-Que hay un alboroto en la plaza. Llegaron dos carros con varias personas y policías buscando el meteorito.

Cuando José María llegó a la plaza observó que había tanta gente como hacía una semana cuando levantaron el monumento al “Compadre”, como habían decidido llamar al meteorito. Sólo que esos rostros ahora daban honor al nombre del pueblo y sus manos, en vez de aplausos, sostenían una piedra.
Villa Roca nunca tuvo autoridad y si alguna vez la hubo equivalía a la arbitrariedad de don Esteban, como aquella vez que José María tumbó el tanque del acueducto. Para sus moradores bastaba la palabra empeñada.

José María levantó sus manos pidiendo silencio e indicó a los visitantes que le acompañaran al frente El billar tenía como diez metros de frente y un andén de 50 centímetros de alto, donde acomodaron sillas y una mesa. Eran tres policías, el oficial a cargo y tres civiles. La multitud se acomodó al frente. El oficial tomó la palabra dirigiéndose a José María, a cuyo lado estaba un maestro de la escuela.

-Parece que usted representa la autoridad en el pueblo – empezó diciendo. José María salió al atajo.
-No señor, Villa Roca nunca ha tenido autoridad oficial, pero por el momento parece que los represento.
Háganos el favor de enterarnos del motivo de la visita.
-Bien, nos trae por aquí dos cosas: una, la del meteorito y dos, investigar lo del asesinato de don Esteban Tablut...
No terminó de hablar por el NO estruendoso y unísono de la multitud que enseguida se apagó cuando José María alzó los brazos pidiendo que por favor guardaran silencio mientras escuchaban al oficial. Este continuó:
-Tenemos una denuncia hecha por los empleados de don Esteban en contra del señor José María por incendiar la casa de éste junto con él y su esposa. Sírvase usted rendir su declaración ante el fiscal delegado y aquí presente.
-Sí señor, como usted diga.

Y José María relató a los visitantes lo acontecido con los enmascarados de don Esteban en su rancho y lo del incendio. Terminado su relato, se acercaron los empleados de don Esteban que vivían en el pueblo a corroborar lo dicho por él.
El fiscal delegado explicó que aclarado el hecho, esa parte de la diligencia terminaba y que escucharan a los otros señores para lo referente al meteorito. Otro no rotundo y otra vez José María levantó los brazos. Uno de los visitantes tomó la palabra.
-Soy representante del Instituto Astronómico y Meteorológico Nacional y el señor, delegado del Ministerio del Tesoro. Quiero explicarles que estos cuerpos celestes no pertenecen a nadie y por lo tanto son propiedad de la nación y es el Instituto el encargado de guardarlos y protegerlos.

Fue difícil para José María y el profesor calmar los ánimos de la multitud. El profesor tomó la palabra y dijo:
-Además de profesor, también adelanté algunos estudios de derecho. Estoy de acuerdo con el señor cuando dice que el meteorito no es de nadie, pero eso es cierto hasta el momento que cayó. Nosotros lo encontramos en la superficie de una propiedad privada, no estaba en el subsuelo así que la nación no lo puede reclamar, tampoco lo puede gravar porque es propiedad del pueblo y por voluntad del mismo el “Compadre” es el monumento que nos representará ante el mundo.

Ahora el grito fue un SI seguido por un estruendoso aplauso. A una indicación del oficial los policías y delegados se dirigieron a sus vehículos y se marcharon bajo una fuerte rechifla. Calmados los ánimos, José María se dirigió a la multitud.

- Compañeros, como han comprendido esto no va quedar así, en algún momento regresarán y debemos estar prevenidos. Como pueden deducir, antes estábamos sometidos al poder de don Esteban que le daba su riqueza, ahora estaremos sometidos al poder de la fortuna que encierra el meteorito y como pertenece a todos, a partir de hoy todas las noches dos personas montarán guardia y cuidarán al “Compadre”.

FIN
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